Cierro los ojos porque no ven. Las lágrimas se derraman por mis mejillas aunque no mojan. Agito los párpados para impedir que caigan, pese a que no se detienen. Me muerdo el labio por la impotencia hasta hacerme sangre y no me duele. Me lamo la herida, no escuece, y dicen que todo lo que escuece cura. Pero a mi nada me alivia el dolor. Intento levantarme, pero mis piernas no me sostienen. Me apoyo y los muebles no me aguantan. Grito, hablo, aunque no me entienden. Me pongo la mano sobre el corazón pero no late. No vive. No siente.
miércoles, 21 de septiembre de 2016
No late. No vive. No siente.
Cierro los ojos porque no ven. Las lágrimas se derraman por mis mejillas aunque no mojan. Agito los párpados para impedir que caigan, pese a que no se detienen. Me muerdo el labio por la impotencia hasta hacerme sangre y no me duele. Me lamo la herida, no escuece, y dicen que todo lo que escuece cura. Pero a mi nada me alivia el dolor. Intento levantarme, pero mis piernas no me sostienen. Me apoyo y los muebles no me aguantan. Grito, hablo, aunque no me entienden. Me pongo la mano sobre el corazón pero no late. No vive. No siente.
domingo, 4 de septiembre de 2016
Cuentos de hadas
domingo, 28 de agosto de 2016
Mejor que no tenerle
El
abuelo se mecía en su sillón bajo la luz luna que se filtraba por la ventana.
Con
una vieja fotografía entre las manos, se limitaba a esperar que el tiempo
pasara. Se preguntaba constantemente donde estaría ella. Que habría sido de su
sonrisa, de sus tiernas palabras. De las arrugas de sus mejillas, de su lenta
forma de caminar. Que haría con los delantales viejos, y a quién observaría de
reojo cuando los dolores no le dejaran dormir.
Acariciaba
el marco con el pulgar, siendo cada vez más consciente de que ningún tipo de
justicia existía en el mundo. Si fuera así, la muerte se lo hubiera llevado a
él. Nunca salía de casa, hacía tiempo que se le habían pasado las ganas de
vivir. No como a ella. Su mirada seguía llena de ilusión hasta el momento en que
se la arrebataron.
Absorto
en sus pensamientos, no se dio cuenta de que los ojos, antes botones, de la
pequeña muñeca de la estantería le observaban con tristeza. Una lágrima cayó
por su fría cara de porcelana. Estaba tan cerca, pero le sentía tan lejos. Entre
ellos había un abismo invisible al ojo humano.
Una
sonrisa vacía se dibujó en su rostro. Dio un paso hacia atrás, alejándose del
borde la estantería. Tenerle de esa
forma era la peor forma de tenerle. Pero seguía siendo mejor que estar sin él.
martes, 2 de agosto de 2016
El astro sin luz
lunes, 18 de julio de 2016
Reencuentro canino
Cuando abro la puerta y vienes a recibirme, llorando, se me cae el alma a los pies. Me arrodillo, con las manos temblando, todavía sorprendida de que no te hayas olvidado de mí. Rodeo con los brazos tu cuerpo atlético, algo deteriorado por el paso de los años, que se agita bajo mis extremidades y acaricio tu pelaje. Al hundir la cara en tu cuello, aspiro un aroma que para otros resultará hasta desagradable, dado que es una mezcla de olor canino y sudor. A mi, en cambio, me relaja. Aún así, te cansas rápido de nuestra burbuja de tranquilidad, porque me lames la mejilla, recordándome que todavía tienes espíritu de cachorro, encerrado dentro de un cuerpo adulto. Sonrío, con la cara húmeda de lágrimas y saliva, y uno mi frente con la tuya.
He vuelto, pequeño, susurro.
Me levanto, cojo la pelota y la lanzo con fuerza, por los viejos tiempos. Y cuando me miras, pidiéndome permiso para ir a buscarla, tengo la certeza de que te queda mucho por vivir. O eso espero
He vuelto, pequeño, susurro.
Me levanto, cojo la pelota y la lanzo con fuerza, por los viejos tiempos. Y cuando me miras, pidiéndome permiso para ir a buscarla, tengo la certeza de que te queda mucho por vivir. O eso espero
jueves, 7 de julio de 2016
Salir de esta prisión
sábado, 2 de julio de 2016
Hacia donde la red está vacía
Le dirijo mentalmente un par de insultos mientras hecho a correr con la esfera entre las piernas. Regateo con velocidad a una pareja de defensas, dejándolas atrás con elegancia y sigo hacia mi objetivo. Cuando me acerco a su territorio, dejo de sentir lo que pasa a mi alrededor. Se que estoy actuando mal. Que debería pasar la pelota, jugar en equipo. Pero cuando la veo allí, de pie, pensado que me tiene engañada como al resto de su entorno, no puedo evitarlo: chuto con fuerza hacia la portería. Y por primera vez, no apunto hacia donde la red está vacía.
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