
Cuando el reloj da las doce, la granjera sale de su casa, con ansia. Mira hacia el cielo, y allí la ve: la luna, blanca y esférica como un queso, custodia el cielo, y sabe que velará por sus sueños. Con confianza, entra de nuevo en su cabaña, dejándose en manos de un astro que no tiene luz propia pero que; antes que quedarse en la oscuridad, es capaz de admitir su debilidad y intenta aprender de los demás, reflejando la de los que si que tienen. Nadie nace enseñado, ¿no?
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