
Cierro la puerta suavemente y apoyo mi espalda en ella. Cuando ambas superficies entran en contacto, las lágrimas empiezan a brotar de mis ojos con fuerza, como si pudieran purificar mi dolor con el simple hecho de aparecer. Me pregunto si a ti también te duele. Si estas apoyado al otro lado de la puerta, si me echas de menos. Si sientes algo, aunque sea un vacío profundo. Si te duelen las entrañas de tanto sangrar, o si simplemente crees que estoy exagerando. Si son cosas de adolescentes. Si piensas que quiero llamar la atención. Ojalá fuera así. Al menos, mis dedos dejarían de sangrar en un inútil intento de salir de esta prisión.
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