lunes, 18 de julio de 2016

Reencuentro canino

Cuando abro la puerta y vienes a recibirme, llorando, se me cae el alma a los pies. Me arrodillo, con las manos temblando, todavía sorprendida de que no te hayas olvidado de mí. Rodeo con los brazos tu cuerpo atlético, algo deteriorado por el paso de los años, que se agita bajo mis extremidades y acaricio tu pelaje. Al hundir la cara en tu cuello, aspiro un aroma que para otros resultará hasta desagradable, dado que es una mezcla de olor canino y sudor. A mi, en cambio, me relaja. Aún así, te cansas rápido de nuestra burbuja de tranquilidad, porque me lames la mejilla, recordándome que todavía tienes espíritu de cachorro, encerrado dentro de un cuerpo adulto. Sonrío, con la cara húmeda de lágrimas y saliva, y uno mi frente con la tuya.
He vuelto, pequeño, susurro.
Me levanto, cojo la pelota y la lanzo con fuerza, por los viejos tiempos. Y cuando me miras, pidiéndome permiso para ir a buscarla, tengo la certeza de que te queda mucho por vivir. O eso espero

No hay comentarios:

Publicar un comentario