Era de ojos claros, aunque de mirada perdida. Su cabello, siempre recogido, se le rizaba en las puntas, como en un acto de rebeldía. Cuando había viento, su bufanda ondeaba, intentando alcanzar una libertad que jamás conseguiría. Su piel, blanca, y su figura, menuda, le daban un aspecto sencillo e incluso débil, frágil. Como una muñeca de porcelana. Como si pudieran tumbarla de un solo golpe, hacerla estallar en mil pedazos.
Al principio, creía que era cierto. Que era destructible, que podía romperse con facilidad. Que si fallaba, un punto blanco se marcaría en su piel y insistía en que las voces que oía en su cabeza le decían lo correcto. Que sólo era una más, que adornaba muy bien la estantería.
Hasta que se cansó. Se quitó el vestido, se puso unos pantalones bien cómodos y se fue en busca de aventuras.
Si me caigo, que sea por mi propio pie. Y si me rompo, que haya valido la pena.
Al principio, creía que era cierto. Que era destructible, que podía romperse con facilidad. Que si fallaba, un punto blanco se marcaría en su piel y insistía en que las voces que oía en su cabeza le decían lo correcto. Que sólo era una más, que adornaba muy bien la estantería.
Hasta que se cansó. Se quitó el vestido, se puso unos pantalones bien cómodos y se fue en busca de aventuras.
Si me caigo, que sea por mi propio pie. Y si me rompo, que haya valido la pena.
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