lunes, 14 de marzo de 2016

El agua helada

Rozo con las puntas de los dedos el agua helada. Consigo sacar la mano antes de que una segunda gota del fluido impacte sobre mi piel, ya que el primer contacto ha hecho que un escalofrío me recorriera toda la médula espinal. Suspiro.
Mientras espero a que el agua caliente caiga por el teléfono de la ducha, observo el lugar donde me encuentro. Todas las paredes están llenas de palabras sin sentido y suciedad. Hay diferentes grietas, pero no parecen muy profundas. Me llega un estímulo que me incita a acercarme a ellas y observarlas más de cerca, pero me retiene el miedo ... de aquellas fisuras podría salir cualquier roedor.
Me giro de nuevo hacia el grifo. Pienso en volver a tocar el agua, para comprobar la temperatura, pero qué si aún está fría, no seré capaz de lavarme y tendré que esperar de nuevo. Es mejor meterme bajo el teléfono y obligar a mi cuerpo a acostumbrarse al frío. Respiro fondo y cuento hasta tres. Doy un paso adelante y noto como el fluido me cae encima. Sorprendentemente el agua está caliente.
El agua poco a poco me va enjuagando los malos recuerdos, haciéndome volver a la realidad. Mientras me froto el cuerpo, tengo una idea. Lo he leído en muchos libros, pero yo no lo he hecho nunca. 
Entrecerrando los ojos, comienzo a entonar las notas de una canción. Y me siento ... libre. Canto más, y más fuerte. Y aunque no ha hago muy bien, inicio una danza ridícula que tiene como objetivo recalcarme lo que está pasando: estoy consiguiendo la libertad, haciendo lo que quiero por primera vez en 15 años, sin la presión de mis compañeras y sintiéndome una persona llena, única.
Entonces resbalo y caigo al suelo. Me hago daño, claro, pero me da igual. Me he liberado de las cadenas que me retenían el orfanato, y de todas las personas que me despreciaban. Y río para celebrar mi éxito. Nunca lo había hecho, y me sorprendo al descubrir que es muy relajante y que me llena de esperanza. Cierro los ojos y deseo que en mi nueva etapa de mi vida haya muchas carcajadas.