Rebusqué una y otra vez en el bolso sin obtener resultado. Las había perdido suspiré, cansada y; mientras pasar mi mano por la frente eliminando las gotas de sudor que habían aflorado de mi piel a causa del estrés, pensé una solución.
Estaba en el portal de mi casa algo confusa y con los recuerdos de la noche anterior me abatían sin cesar. Recordaba la sensación de miedo, de huir de algún hecho que alteró mis sentidos, y a causa del cual había ingerido gran cantidad de alcohol para intentar olvidar lo. Por eso trastabillaba y me había despertado con un horrible dolor de cabeza estirada en un banco.
Por suerte, un vecino abrió la puerta del edificio y aproveché la oportunidad para entrar con él, agradeciéndole que me aguantará la puerta, fingiendo buscar unas llaves que ya era consciente de que no encontraría. Llamé al ascensor y me miré los zapatos, incómoda. Siempre he sido muy vergonzosa. Pero el elevador llegó rápido y pude huir del momento embarazoso. Como siempre el hombre comentó algo del tiempo, y yo le contesté con monosílabos; apoyada en la pared para que no notara mi mareo.
Llegué a mi piso y salí del ascensor, sin saber muy bine que hacer. Finalmente, llamé al timbre de la puerta continua a mi casa y al cabo de unos minutos abrió un señor malhumorado, en albornoz y con cara de pocos amigos. Lógicamente, ya que eran las ocho de la mañana de un domingo. Me disculpé con una sonrisa, mientras le explicaba mi huida de casa, cómo recorrí las calles sola, me refugié en un bar y finalmente me desperté por la mañana en aquel banco. Mi vecino alzó una ceja, sorprendido, y al mismo tiempo preguntándose porqué le contaba yo aquello. Le rogué, tratándolo de usted y con el pelo alborotado a causa del lugar en el qué había pasado la noche, qué me dejara saltar desde su balcón hasta el mío. El hombre accedió, a regañadientes, para poder olvidar aquel asunto y volver a su cama.
Cuando finalmente llegué a mi terraza vi, por suerte o por desgracia, que la ventana estaba abierta. También observé las estanterías por el suelo, las cortinas rasgadas y un rastro de sangre que provenía de un cuerpo inerte que había en el suelo de mi salón. Mi marido. Corrí y lloré como nunca lo había echo abrazándole, jurando por mi vida que encontraría al culpable de su muerte.
Hugo, no olvides que yo te quería, más que a nada ni a nadie en este mundo.
Cuatro años después, al no obtener ningún resultado, se clavó un puñal en el corazón, sintiéndose culpable por no haber hallado la persona responsable de la muerte de Hugo, pese a qué era la persona qué mejor conocía en el planeta. Y con este gesto, cumplió su promesa, liberándose de su culpabilidad.
Estaba en el portal de mi casa algo confusa y con los recuerdos de la noche anterior me abatían sin cesar. Recordaba la sensación de miedo, de huir de algún hecho que alteró mis sentidos, y a causa del cual había ingerido gran cantidad de alcohol para intentar olvidar lo. Por eso trastabillaba y me había despertado con un horrible dolor de cabeza estirada en un banco.
Por suerte, un vecino abrió la puerta del edificio y aproveché la oportunidad para entrar con él, agradeciéndole que me aguantará la puerta, fingiendo buscar unas llaves que ya era consciente de que no encontraría. Llamé al ascensor y me miré los zapatos, incómoda. Siempre he sido muy vergonzosa. Pero el elevador llegó rápido y pude huir del momento embarazoso. Como siempre el hombre comentó algo del tiempo, y yo le contesté con monosílabos; apoyada en la pared para que no notara mi mareo.
Cuando finalmente llegué a mi terraza vi, por suerte o por desgracia, que la ventana estaba abierta. También observé las estanterías por el suelo, las cortinas rasgadas y un rastro de sangre que provenía de un cuerpo inerte que había en el suelo de mi salón. Mi marido. Corrí y lloré como nunca lo había echo abrazándole, jurando por mi vida que encontraría al culpable de su muerte.
Hugo, no olvides que yo te quería, más que a nada ni a nadie en este mundo.
Cuatro años después, al no obtener ningún resultado, se clavó un puñal en el corazón, sintiéndose culpable por no haber hallado la persona responsable de la muerte de Hugo, pese a qué era la persona qué mejor conocía en el planeta. Y con este gesto, cumplió su promesa, liberándose de su culpabilidad.


