martes, 8 de octubre de 2019

A bordo del sueño de Piedra

A BORDO DEL SUEÑO DE PIEDRA

A bordo del Sueño de Piedra, no había nada que pudiera parlarle. Lynnel se recogió el largo pelo en lo alto de la cabeza, con un moño desenfrenado, para evitar que le siguiera molestando. Ni por todo el oro de Marabilia hubiera priorizado el lucir su melena a su comodidad. 

Con el timón entre las manos, el joven muchacho estaba perdido en sus pensamientos. El sol estaba a la altura de sus ojos, como si quisiera marcarle a Lynnel cuál era el rumbo que debía tomar. Él, sin embargo, giraba con tranquilidad el gobernalle, orientando la nave hacia la dirección correcta. Después de tantos años ejerciendo como mercader, conocía al mar como si fuera la palma de su mano, y prescindía de mapas, brújulas o astrolabios. 

Al notar unas manos abrazarle la cintura, se sobresaltó. No estaba acostumbrado a las muestras de afecto. Al fin y al cabo, estaba largos meses donde tan solo sabía de su amada a través de cartas, qué, en ocasiones, ni siquiera llegaban. 

Cuando Arthmaella estaba empezando a deslizar sutilmente su mano hacia la costura de sus calzas y sus labios asomaban por la curva de su cuello, el joven tuvo que sacar su parte más racional y entrelazar sus dedos con los de la muchacha. Se giró, permitiéndose darle la espalda al timón por primera vez en mucho tiempo.

- Cariño, por favor. – la miró, suplicante. Las consecuencias de sus actos estaban empezando a ser más que notables, y Lynnel no podía distraerse. Por algo era el capitán. 


- Puedes llamar a Aldrica, estará encantada de substituirte… 

- Arth…

- Está bien, está bien – la joven suspiró, consciente de que no iba a conseguir nada.

Besó suavemente la mejilla del chico y se sentó en la toldilla del Sueño de Piedra. De esa manera, la reina podía dejar a Lynnel trabajar, pero sin dejar de mirarle. Amaba como se le tensaba la zona de la mandíbula cuando se concentraba. El joven iba a advertirle sobre el peligro de que se sentara en esa zona, pero recordó que Arthmaella daba clases de esgrima en el palacio, y que su equilibrio era perfecto. 


- ¿Cuánto queda? – preguntó la muchacha, cansada del vaivén que le provocaba alguna que otra arcada.


- Qué pasa, ¿el mar no es adecuado para vos, princesa? ¿Está el ambiente demasiado húmedo para su gusto? – el joven se rio de ella de forma cariñosa. La reina le hizo una mueca, fingiendo enfadarse ante tal ofensa, no sin antes susurrar que tipo de humedades eran agradables para ella. 


- Si mi prometido condujera un poco más deprisa… - Lynnel enrojeció hasta la raíz, como cada vez que la muchacha empleaba aquel apodo. 


- Arth, cualquiera de la tripulación podría oírte…  

El mercader sabía que aquello no era cierto. Cuando el sol se ponía, todos sus tripulantes iban a los camarotes para intentar descansar. La jornada empezaba cuando amanecía, pero cualquier noche podía haber un mar rebelde que tratara de engullirles. Y Lynnel no iba a permitir que nadie destruyera a su Sueño…


- La embarcación está desierta. Y dentro de poco, será un secreto a voces: cuando anuncie delante de todo el reino que Arthmaella, la valiente, se casará con Lynnel, el mejor mercader de toda Marabilia. 


La reina se acercó al mercader y le dio un beso casto, cargado de emoción. Se agachó levemente para juntar ambas frentes, como si quisiera sellar la promesa. Al separarse, le tomó la mano, colocándose a su lado. 

Lynnel sabía que aquel momento llegaría algún día, pero todavía faltaban muchos años para que se tornara una realidad. Ambos eran conscientes de que el mercader necesitaba explorar más tierras, conocer nuevos productos y vivir mil aventuras antes de mudarse al palacio. Aun así, aquel mes que vivían alejados de la realidad, cuando Arthmaella dejaba atrás su titulo nobiliario y eran tan solo ellos, los dos jóvenes que se encontraron huyendo de su pasado, les daba la fuerza que necesitaban para seguir amándose a pesar de la distancia.  

- ¿Crees que Haz nos echará de menos? – preguntó Lynnel. La reina no pudo evitar entrañarse. Sabía que para el mercader aquella muchacha era muy especial, la consideraba una hermana pequeña. Y ella también, aunque intentara disimularlo. 


- Claro que sí, la renacuaja no habrá dejado de pensar en nosotros ni un solo día. Por mucha magia que esté aprendiendo ahora, nada le resultará tan interesante como verme matar a una mantícora… – afirmó Arthmaella, con un tono de soberbia. El joven mercader sacudió la cabeza, consciente de la mentira que ocultaban aquellas palabras, agradeciendo que la reina intentara hacerla reír. 


-No sé, después de tanto tiempo… seguro que está conociendo a personas maravillosas en la torre de Idyll.

- Pero Lynnel, si en cada carta que nos escribe, nos recuerda que nos echa mucho de menos…

El mercader asintió, consciente de que la reina tenía razón. Soltó el timón unos instantes para estrecharla entre sus brazos y depositar un suave beso en su frente, permitiéndose relajarse. Al separarse, ambos sonreían. 

Arthmaella se dio la vuelta, dispuesta a recuperar su lugar en la toldilla de nuevo. Pero, estaba tan embaucada observando a Lynnel y la sonrisa de este, que, al dar el salto para sentarse sobre la bandarilla, calculó mal y…


- ¡ARTHMAELLA! 

El mercader corrió a la borda, asomándose a tiempo para ver a su prometida hundirse en el mar, salpicando a su alrededor. Lynnel sintió que su corazón había dejado de latir hasta que vio la cabeza de la joven aparecer de nuevo, con los cortos rizos pegándosele a la frente y la sonrisa enmarcándole el rostro. Imbécil, es más que imbécil, pensó el joven.


Lynnel corrió hasta la proa, y empezó a girar con velocidad la manivela que utilizaban para levar y echar el ancla. Poco a poco, el engranaje empezó a dar de si. Por suerte, el capitán había podido permitirse un sistema complejo, que aligeraba el peso del ancla, de forma que él solo podía maniobrarla. Cuando calculó que esta debía estar a punto de rozar el agua, paró. 

Se acercó de nuevo a la borda, intentado calmarse, y vio que la reina ya se había agarrado al ancla con sus brazos musculosos. Caminó de nuevo hacia el engranaje, y sacó una fuerza sobrehumana para levar el áncora con rapidez. Cuando estuvo cerca de la cubierta, Arthmaella se agarró a la toldilla traicionera e hizo fuerza con los brazos para subir.

En el instante en que sus pies tocaron el suelo, un furioso Lynnel se abalanzó sobre ella, dispuesto a insultarla en todos los idiomas habidos y por haber, debido a su falta de cautela. En sus ojos marrones revoloteaba la preocupación. 
- ¡Como me vuelvas a hacer esto, princesa, tú y yo vamos a…! – la reina le tomó el rostro con las manos, besándole con suavidad para callarle.
- Bien, tú y yo vamos a acabar muy bien, mi rey.