domingo, 4 de octubre de 2015

Sonreír, solo y sin motivo

Tranquilidad. Me tumbo en el sofá y respiro aire profundamente. Esta semana han pan pasado muchas cosas. Pierdo el hilo de mis pensamientos mientras dejo escapar el aire con lentitud. Estar al aire libre me ha relajado mucho. El propósito de estas líneas no es contar algo, o explicar el motivo de algún hecho. Es mucho más simple: creo que cuando relea esto, lo haré con una sonrisa. Y para mí, eso es lo más importante.

Símil de la felicidad

Confusa. Con esa palabra puedo describir cómo me siento hoy, al finalizar la semana. Es cómo un deja vu. Los mismos problemas, preocupaciones, y movimientos de siempre, Las mismas palabras, gestos. Pero con una diferencia: ahora se que no estoy sola, que nunca lo he estado. Miré hacia dónde mire siempre está. No es sólo una personas, sino una fuerza creada a base de risas, lágrimas, mucho esfuerzo y cariño. Ahora lo entiendo todo. Esto es un símil de la felicidad. Siempre está ahí, pero hay que saber verla. Me recuerda a esperanza y a cielos despejados, que en realidad, nunca he visto.

martes, 21 de julio de 2015

El sonido de una gota - Cuento de terror

La noche es fría y la sangre se me hiela en las venas. Estoy en mi casa, acompañada de mi fiel gato Rif y de una soledad a la que no estoy acostumbrada. En el salón, húmedo, reina el silencio. Llamaría a alguien para ver una película, pero vivo lejos de la ciudad y aquí no hay cobertura.
Entonces, lo oigo. El sonido de una gota al caer. Voy a la cocina y al baño para asegurarme de que todos los grifos están bien cerrados. Así es. Solo me falta uno por comprobar. El del baño del segundo piso. No puedo encender la luz, ya que, por culpa de una sobre carga, se fundió la bombilla del pasillo. Por suerte, los rayos de luna se filtran por las ventanas e iluminan levemente la casa.
Camino lentamente por el pasillo, agudizando el oído, pero tan solo oigo silencio. Silencio, el continuo latido de mi corazón, y el continuo sonido que provoca una gota al caer. Tengo la piel de gallina. Llamo a Rif, pero no viene. Miro la hora. Ya es tarde, estará durmiendo. Subo cada escalón de uno en uno. El sonido que provocan mis pies al rozar la dura madera me provoca escalofríos. Ya falta menos, pienso para animarme.
Después de unos minutos que parecen horas, llego a mi destino. El baño, que está al fondo del pasillo, no desprende ninguna luz extraña. Eso me tranquiliza levemente. De nuevo, inicio mi marcha, y cuando toco el pomo de la puerta, un escalofrío me recorre la columna. Me seco la gota de sudor que corría por mi mejilla desde hacia unos segundos. Todo aparenta una alarmante normalidad.
Empujo la puerta suavemente y esta se abre con un chirrido. Miro la pica y suspiro, aliviada. El grifo esta mal cerrado. Cuando mi piel entra en contacto con el frío metal, hago una extraña mueca porque noto que algo pringoso lo recubre. Aparto la mano y extiendo la textura por mis dedos. Por la manca de luz, mis ojos no logran adaptarse a la oscuridad y no puedo distinguir que estoy tocando.
En ese instante, lo vuelvo a oír. De nuevo una gota. Y otra. Y otra. Mis neuronas dejan de pensar y me congelo. Me quedo inmóvil. Mi corazón late desesperadamente. Recibo el impulso de levantar la cabeza. Entonces lo veo. Rif, está colgado del techo con una horrible mueca. Muerto. Una gota de su sangre me cae en la cara. Y no puedo evitarlo: mi grito agudo desgarra el silencio.


domingo, 14 de junio de 2015

Estrés

Camino con un paso ligero por la calle desierta, tengo ganes de llegar a casa, poner música y teletransportarme a otro lugar. Huir es de cobardes, me decía siempre. Pues, quizá si que soy cobarde. Pero prefiero serlo antes que seguir sintiendo esta agonía. Es como un humo negro que se expande por mis pulmones y no me de ja respirar. Me agobia. Me cierra. Me supera. Y sí, se que dentro de un tiempo se me pasara. Piensa en el futuro, me aconsejaba. Cuando seas mayor y mires hacía atrás, verás un Hermoso camino que has plantado día a día. Sí, pero ¿a que precio? No te puedes quejar, me insistía. Y a tu edad no era tan afortunada.

Lo sé. Tengo todo lo que necesito para vivir. Pero también tengo estrés, soledad, presión. Ambas cosas van cogidas de la mano, pero yo puedo escoger cual lleva el rumbo de mi vida. Este es le camino que he escogido. Y espero no haberme equivocado. 

miércoles, 3 de junio de 2015

La huída

Carla miró al coche sorprendida. Entonces, recordó a aquel hombre. Dejó de caminar y tubo que pararse en la hierba. Empezó a oír voces, y se sintió algo mareada. Era él.
Sí, solo había hablado con él una vez, pero ella jamás lo olvidaría. Ese día, perdió sus papeles y dejó atrás la faceta de tranquilidad y paciencia.  Le tiró un vaso de agua encima al señor de los ojos oscuros, que la estaba molestando desde hacía unos minutos. Él, con la mirada desafiante, le dijo que iba a pagar aquello muy caro. Cerró los ojos e inspiró con fuerza, pero las frase seguía corriendo por sus neuronas.
Cuando abrió los ojos, se había teletransportado a otro lugar. Quizás, tenía poderes. Y... ¡quién sabe! Quizá se volvían más fuertes en el futuro... Pero, en cuanto se giró, la chispa de ilusión de sus ojos se esfumó. Se levantó y echó a correr. Allí estaba el hombre, con un arma blanca en la mano.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Como el mar

Un momento en el que me sorprendió la naturaleza por su belleza y fuerza sucedió en un lugar que yo había visitado durante mi infancia.
Tenia unas vistas al mar que me cautivaron en seguida. En la costa, había una gran montaña, en el pie de la cual se extendía una gran playa. Yo recordaba aquel turón como un elemento duro, fuerte y resistente, Pero, cuando volví allí, vi como el cismo se había convertido en un rompeolas, al ser atacado constantemente por el mar.
Al principio, esto me entristeció: aquello que yo creía por indestructible se estaba rompiendo. No era tna fuerte como yo imaginaba... Pero en seguida vi el punto positivo, me di cuenta de mi error: si que hay una forma de ser indestructible, fuerte, duro y resistente: ser constante y no para nunca, no dejar de intentarlo jamás, como el mar.

lunes, 4 de mayo de 2015

El plan

El gallo de ciudad – también llamado despertador – emitió un ruido sonoro. Me levanté del susto, y golpeé con impaciencia al aparato para que se callara. Miré el reloj: eran las 6 de la mañana. Bajé las escaleras de dos en dos, y ni siquiera desayuné. No tenía tiempo. Salí a la calle con una blusa azulada y unos pantalones arrapados. Caminé de forma rápida (para mi edad) y sigilosa por las calles,  seguidamente giré dos veces a la izquierda. En la esquina, me encontré a Alba, que me miró con ojos traviesos. Eran las 6:10, el plan estaba saliendo a la perfección. Me señaló la bolsa que llevaba colgando del hombro con su  dedo, y yo le mostré la mía. Llevábamos el material necesario. Antes de seguir andando, mire a la izquierda, a la derecha, y le hice un gesto a Alba. “Todo despejado” – le indiqué. Ella me miró, nerviosa. Habíamos quedado en su casa para trazar el plan, y ensayamos varias veces nuestros movimientos. Pero esa era la hora de la verdad. No tardamos mucho en llegar a nuestro destino. Eran las 6:30. El edificio estaba solitario, bueno eso parecía. No sabíamos los peligros que nos encontraríamos dentro. Pero ya faltaba poco para averiguarlo. Vimos a dos abuelas que se acercaron, sigilosamente, por la izquierda. Solté un taco y di un par de pasos, para marcar territorio. El cartel del centro comercial se tambaleó. Me preparé y miré a Alba. Cogimos fuerte la bolsa. El recorrido era fácil. Sólo teníamos que girar a la izquierda y allí la encontraríamos. La tienda de ortodoncia que hacía un descuento a los dos primeros clientes. En cuanto leí se abrieron las puertas, plaqué a la señora que tenía a la derecha. Habían empezado las rebajas.