El plan
El gallo de ciudad – también llamado despertador – emitió un
ruido sonoro. Me levanté del susto, y golpeé con impaciencia al aparato para
que se callara. Miré el reloj: eran las 6 de la mañana. Bajé las escaleras de
dos en dos, y ni siquiera desayuné. No tenía tiempo. Salí a la calle con una
blusa azulada y unos pantalones arrapados. Caminé de forma rápida (para mi
edad) y sigilosa por las calles, seguidamente
giré dos veces a la izquierda. En la esquina, me encontré a Alba, que me miró
con ojos traviesos. Eran las 6:10, el plan estaba saliendo a la perfección. Me
señaló la bolsa que llevaba colgando del hombro con su dedo, y yo le mostré la mía. Llevábamos el
material necesario. Antes de seguir andando, mire a la izquierda, a la derecha,
y le hice un gesto a Alba. “Todo despejado” – le indiqué. Ella me miró,
nerviosa. Habíamos quedado en su casa para trazar el plan, y ensayamos varias
veces nuestros movimientos. Pero esa era la hora de la verdad. No tardamos
mucho en llegar a nuestro destino. Eran las 6:30. El edificio estaba solitario,
bueno eso parecía. No sabíamos los peligros que nos encontraríamos dentro. Pero
ya faltaba poco para averiguarlo. Vimos a dos abuelas que se acercaron,
sigilosamente, por la izquierda. Solté un taco y di un par de pasos, para
marcar territorio. El cartel del centro comercial se tambaleó. Me preparé y miré
a Alba. Cogimos fuerte la bolsa. El recorrido era fácil. Sólo teníamos que
girar a la izquierda y allí la encontraríamos. La tienda de ortodoncia que hacía
un descuento a los dos primeros clientes. En cuanto leí se abrieron las puertas,
plaqué a la señora que tenía a la derecha. Habían empezado las rebajas.
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