lunes, 4 de mayo de 2015

El plan

El gallo de ciudad – también llamado despertador – emitió un ruido sonoro. Me levanté del susto, y golpeé con impaciencia al aparato para que se callara. Miré el reloj: eran las 6 de la mañana. Bajé las escaleras de dos en dos, y ni siquiera desayuné. No tenía tiempo. Salí a la calle con una blusa azulada y unos pantalones arrapados. Caminé de forma rápida (para mi edad) y sigilosa por las calles,  seguidamente giré dos veces a la izquierda. En la esquina, me encontré a Alba, que me miró con ojos traviesos. Eran las 6:10, el plan estaba saliendo a la perfección. Me señaló la bolsa que llevaba colgando del hombro con su  dedo, y yo le mostré la mía. Llevábamos el material necesario. Antes de seguir andando, mire a la izquierda, a la derecha, y le hice un gesto a Alba. “Todo despejado” – le indiqué. Ella me miró, nerviosa. Habíamos quedado en su casa para trazar el plan, y ensayamos varias veces nuestros movimientos. Pero esa era la hora de la verdad. No tardamos mucho en llegar a nuestro destino. Eran las 6:30. El edificio estaba solitario, bueno eso parecía. No sabíamos los peligros que nos encontraríamos dentro. Pero ya faltaba poco para averiguarlo. Vimos a dos abuelas que se acercaron, sigilosamente, por la izquierda. Solté un taco y di un par de pasos, para marcar territorio. El cartel del centro comercial se tambaleó. Me preparé y miré a Alba. Cogimos fuerte la bolsa. El recorrido era fácil. Sólo teníamos que girar a la izquierda y allí la encontraríamos. La tienda de ortodoncia que hacía un descuento a los dos primeros clientes. En cuanto leí se abrieron las puertas, plaqué a la señora que tenía a la derecha. Habían empezado las rebajas. 

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