Entonces,
lo oigo. El sonido de una gota al caer. Voy a la cocina y al baño para asegurarme
de que todos los grifos están bien cerrados. Así es. Solo me falta uno por comprobar.
El del baño del segundo piso. No puedo encender la luz, ya que, por culpa de
una sobre carga, se fundió la bombilla del pasillo. Por suerte, los rayos de
luna se filtran por las ventanas e iluminan levemente la casa.
Camino
lentamente por el pasillo, agudizando el oído, pero tan solo oigo silencio.
Silencio, el continuo latido de mi corazón, y el continuo sonido que provoca
una gota al caer. Tengo la piel de gallina. Llamo a Rif, pero no viene. Miro la
hora. Ya es tarde, estará durmiendo. Subo cada escalón de uno en uno. El sonido
que provocan mis pies al rozar la dura madera me provoca escalofríos. Ya falta
menos, pienso para animarme.
Después
de unos minutos que parecen horas, llego a mi destino. El baño, que está al
fondo del pasillo, no desprende ninguna luz extraña. Eso me tranquiliza
levemente. De nuevo, inicio mi marcha, y cuando toco el pomo de la puerta, un
escalofrío me recorre la columna. Me seco la gota de sudor que corría por mi
mejilla desde hacia unos segundos. Todo aparenta una alarmante normalidad.
Empujo
la puerta suavemente y esta se abre con un chirrido. Miro la pica y suspiro,
aliviada. El grifo esta mal cerrado. Cuando mi piel entra en contacto con el
frío metal, hago una extraña mueca porque noto que algo pringoso lo recubre. Aparto
la mano y extiendo la textura por mis dedos. Por la manca de luz, mis ojos no
logran adaptarse a la oscuridad y no puedo distinguir que estoy tocando.
En
ese instante, lo vuelvo a oír. De nuevo una gota. Y otra. Y otra. Mis neuronas
dejan de pensar y me congelo. Me quedo inmóvil. Mi corazón late
desesperadamente. Recibo el impulso de levantar la cabeza. Entonces lo veo.
Rif, está colgado del techo con una horrible mueca. Muerto. Una gota de su
sangre me cae en la cara. Y no puedo evitarlo: mi grito agudo desgarra el
silencio.
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