viernes, 13 de marzo de 2015

La huida de la pirámide


Kew corría por el pasillo, angustiado. Sabía que se estaba jugando la vida, adentrandose en aquel lugar. Pero eso le daba igual, en aquel momento le motivaban más las ganas de resolver el misterio que lo que le atemorizaba la muerte. Entonces, una cálida sensación le recorrió la espalda. No le hacia falta girar la cabeza para saber que era la mano de su amada, Lien, que era tan aventurera como él. Aún así, lo hizo lo suficiente para poder verla, corriendo a su lado. Tenía la cara bronceada por el Sol del desierto y su pelo largo y castaño le azotaba en la cara, aunque ella parecía no darse cuenta. Estas eran solo algunas de sus características con las que, años atrás, había cautivado el corazón a Kew. Ahora, aunque él seguía siendo joven, en su cabeza había nevado, tiñendo su cabello de color blanco y congelando su seriedad, la cual, poco a poco, fue desapareciendo.
Lien, al ver que su pareja acerelaba en ritmo, le imitó. Pese a que confiaba plenamente en él, se giró para intentar coopsar todos los detalles de aquello que les perseguía. De esta forma, después podría escribirlo en su diario con mayor cantidad de detalles. Pero, enseguida se arrepintió de haberlo hecho. Una gran roca se abalanzaba sobre ellos. Sintió un escalofrío al pensar que podía sucederles si la piedra les llegaba, siquiera, a rozar. Así que deseó, con todas sus fuerzas, que la adrenalina le corriera por las venas, para alcanzar la velocidad necesaria, ponerse a salvo, y después, reprender la aventura. Aún que estaban en una situación de riesgo, no pudo evitar pensar, que no envidiaba, ni siquiera un micrómetro, a otras embarazadas que estaban sentadas en sus sofás, esperando, quizás, a que sus criaturas les dieran alguna señal de vida.Ella lo estaba pasando mejor, mucho mejor.
Entonces, sintió que los ojos de Ken buscaban los suyos. Cruzaron una mirada rápida, que despertó muchos sentimientos en todo su ser. Pero no, no tenía tiempo para eso. Apretaron sus manos e izieron, a duras penas, un esprint final. Cuándo se plantaron delante de la puerta que les conducía a la siguiente prueba, quién sabe si la última, Kew, sin dudarlo, la abrió de un fuerte patadón.
Pero lo que encontaron allí, en la siguiente habitación, les sorprendió muchísimo. Cruzaron otra mirada, fugaz, pero en los ojos de ambos había un brillo especial que antes era invisible: una pequeña chispa de ilusión.


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