viernes, 6 de marzo de 2015
Sociedad futurista
Abandono sobre la cama el libro que, hacía escasos minutos, había empezado a ojear. Hablaba sobre algún tema aburrido que no recuerdo. Suspiro y me siento sobre la cama. Cuando exhalo aire, me imagino que soy un globo que se desinfla lentamente, como si la energía se me escapara por la boca.
A veces, solo tengo ganas de cerrar los ojos y fingir que no existo, que vivo en un mundo moteado por colores en el que la caja de Pandora no se llegó a abrir. Donde los pensamientos negativos son como los deseos: sólo se cumplen en sueños. Sé que es imposible, pero me hace sentir llena durante unos instantes.
Me levanto y doy vueltas por la habitación sin seguir una ruta determinada. Una idea recorre mi mente de forma fugaz, pero en seguida la rechazo. ¿Para que salir a la calle? No quiero ver lo mismo de cada día: una ciudad fantasmal con habitantes que caminan con la cabeza baja, como si no valiera la pena esforzarse para levantarla y observar, con unos ojos que resplandecen tristeza, su hogar deteriorado por el tiempo.Una lágrima me recorre la mejilla, aunque no se el motivo. Además, no es la primera vez que me pasa, ni será la última.
De nuevo recibo un estímulo, pero de este no me deshago. Me acerco a la ventana y la abro, sin hacer demasiado ruido. Me inclino y dejo que el aire me seque las lágrimas. Cierro los ojos y lleno los pulmones de oxigeno. Mi rostro se transforma en una especie de sonrisa y me gusta la sensación. Ojalá pudiera hacerlo de forma más regular.
Cuando abro los ojos y lo veo, me quedo alucinada. La niebla se ha ido. Soy libre, y el color ha vuelto a mi mente, llenándome, como un rayo de luz en la penumbra.
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