El
abuelo se mecía en su sillón bajo la luz luna que se filtraba por la ventana.
Con
una vieja fotografía entre las manos, se limitaba a esperar que el tiempo
pasara. Se preguntaba constantemente donde estaría ella. Que habría sido de su
sonrisa, de sus tiernas palabras. De las arrugas de sus mejillas, de su lenta
forma de caminar. Que haría con los delantales viejos, y a quién observaría de
reojo cuando los dolores no le dejaran dormir.
Acariciaba
el marco con el pulgar, siendo cada vez más consciente de que ningún tipo de
justicia existía en el mundo. Si fuera así, la muerte se lo hubiera llevado a
él. Nunca salía de casa, hacía tiempo que se le habían pasado las ganas de
vivir. No como a ella. Su mirada seguía llena de ilusión hasta el momento en que
se la arrebataron.
Absorto
en sus pensamientos, no se dio cuenta de que los ojos, antes botones, de la
pequeña muñeca de la estantería le observaban con tristeza. Una lágrima cayó
por su fría cara de porcelana. Estaba tan cerca, pero le sentía tan lejos. Entre
ellos había un abismo invisible al ojo humano.
Una
sonrisa vacía se dibujó en su rostro. Dio un paso hacia atrás, alejándose del
borde la estantería. Tenerle de esa
forma era la peor forma de tenerle. Pero seguía siendo mejor que estar sin él.


