viernes, 29 de abril de 2016

El alivio de los que deben ser fuertes

Acaricio la máscara con cuidado. Esta igual que siempre. Tiene unos ojos alegres, una sonrisa de medio lado y las mejillas algo sonrosadas. Cada vez que me la pongo, me evado de mis problemas. Cuando me la quito, vuelvo a la realidad. Y cada vez me acostumbro más a ella. La uso demasiado. Quitármela duele. Tengo la cara llena de cicatrices de arrancármela. Los bordes empiezan a estar desgastados, de la cantidad de detergente que uso para que siempre este apunto. Muchas veces me he planteado tirarla, no volver a usarla. Pero estoy aterrorizada. No, no soy valiente, jamás lo he sido. Prefiero ocultarme detrás de este antifaz a mostrarme. Ocultar las lágrimas detrás de una máscara es un alivio para los que deben ser fuertes.

lunes, 25 de abril de 2016

La sensación de venirse arriba

Esa sensación de venirse arriba. Se te eriza la piel, se dilatan tus pupilas. La mente se pone en blanco, y dejas de existir. Bailas al ritmo de la música, ríes al compás de los  demás o simplemente existes. Es un instante de felicidad difícil de alcanzar, y lo bueno pronto acaba. Es entonces cuando vuelves a la realidad, se rompe la burbuja en la que estabas inmerso y caes al suelo, provocándote un dolor que es más que físico. Tu cara se transforma en una mueca, y te levantas, pensando únicamente en ese instante. ¿Cuando volverá? Y sólo piensas en él, aunque solo lo has vivido unos segundos, como un pájaro enjaulado fantasea con la libertad.

viernes, 22 de abril de 2016

Último aliento de un guerrero

Oigo el móvil vibrar. Y créeme cuando te digo que estoy tirando de las cadenas que me atan hasta hacerme sangre por ir a por él y contártelo todo. Me preguntas si estoy bien, y yo te digo que sí, con un bozal en la boca. Me preguntas porque estoy roja y te digo que es por el sol, y no por la vergüenza siento al ver que no llevo nada dentro. Me preguntas porque abro la boca, y te digo que para hablar, y no para coger aire porque me ahogo. Me preguntas por que callo, y te digo que es para escucharte, no porque temo que se me salten las lágrimas. ¿Por qué me oculto detrás de la pared? ¿Por qué no rompo estas cadenas? ¿Por qué no le grito al infinito, y exhalo las últimas palabras de un guerrero?

domingo, 17 de abril de 2016

Me niego a aceptarlo

Me niego a aceptarlo.
No me imaginaba que acabaríamos aquí. Yo y mi conciencia, navegabamos por un océano con un barco hecho con papel de periódico. Nos hundimos, con nuestra autoestima y la cubierta llena de sueños. Adiós, le decimos a las horas del trabajo sin descanso plantadas delante de un ordenador con el diccionario en la mano, y un café en la mesilla, minutos de nuestra vida que quemamos en la hoguera. Aquellos instantes dónde no hacíamos más que oír risas y gritos al otro lado de la puerta, y nosotras luchábamos para hacernos lugar en aquella lista llena de estrellas. Y por eso me niego a aceptarlo. No puede ser que nuestra historia se acabe aquí. Pero así es. Aunque no quiera, tengo que aceptar que quizás no brillo suficiente.

sábado, 16 de abril de 2016

Saltar

Me dicen que corra. Y lo hago. Lo más rápido posible. Hasta que me duelen los pies. Hasta que veo el precipicio. Y no me lo pienso. Salto.
Al principio tengo miedo. Mucho miedo. De caer en el olvido, de romperme contra el suelo como una muñeca o de hacerme heridas que no pueda sanarme yo misma. Estoy aterrada. Pero a medida que avanzo metros, que el aire me despeina y  la sensación de libertad recorre cada célula de mi cuerpo, dejo atrás el temor y dejo la mente en blanco.
Y por fin me siento libre.

No sé qué habrá abajo. Ni como caeré, cuando, o dónde, pero la próxima vez que salte a por mis sueños, seguro que lo haré mejor. Si ya lo dicen, que la práctica hace al maestro. 

sábado, 9 de abril de 2016

Rota

Giro la cabeza y la veo.
Tiene el pelo rubio y la mirada perdida. Los ojos, claros, me llaman enseguida la atención. Normalmente están abiertos, y aunque ésta vez no tiene los párpados cerrados, su mirada esta perdida. Me preocupa, y creo que lo nota. Mueve con ligereza la cabeza, de forma que su pelo oculta su cara, como una cortina. 
Ese movimiento no impide que vea como sus ojos se llenan de lágrimas, y aunque parpadee con rapidez, es inútil: se derraman con velocidad, mojando sus mejillas, y mostrando por unos segundos lo rota que esta. Se pasa la mano por la cara con disimulo, y oculta la manga del jersey que ha quedado empapada. Su pecho se agita con rapidez, haciendo que sus hombros se contraigan. Cierra los ojos e inspira con fuerza, y parece que este gesto la evada de la realidad. Vuelve a abrirlos y la miro de nuevo. 
Es en ese instante en el que me doy cuenta. Estoy delante de un espejo, y me estoy mirando a mí misma. 

lunes, 14 de marzo de 2016

El agua helada

Rozo con las puntas de los dedos el agua helada. Consigo sacar la mano antes de que una segunda gota del fluido impacte sobre mi piel, ya que el primer contacto ha hecho que un escalofrío me recorriera toda la médula espinal. Suspiro.
Mientras espero a que el agua caliente caiga por el teléfono de la ducha, observo el lugar donde me encuentro. Todas las paredes están llenas de palabras sin sentido y suciedad. Hay diferentes grietas, pero no parecen muy profundas. Me llega un estímulo que me incita a acercarme a ellas y observarlas más de cerca, pero me retiene el miedo ... de aquellas fisuras podría salir cualquier roedor.
Me giro de nuevo hacia el grifo. Pienso en volver a tocar el agua, para comprobar la temperatura, pero qué si aún está fría, no seré capaz de lavarme y tendré que esperar de nuevo. Es mejor meterme bajo el teléfono y obligar a mi cuerpo a acostumbrarse al frío. Respiro fondo y cuento hasta tres. Doy un paso adelante y noto como el fluido me cae encima. Sorprendentemente el agua está caliente.
El agua poco a poco me va enjuagando los malos recuerdos, haciéndome volver a la realidad. Mientras me froto el cuerpo, tengo una idea. Lo he leído en muchos libros, pero yo no lo he hecho nunca. 
Entrecerrando los ojos, comienzo a entonar las notas de una canción. Y me siento ... libre. Canto más, y más fuerte. Y aunque no ha hago muy bien, inicio una danza ridícula que tiene como objetivo recalcarme lo que está pasando: estoy consiguiendo la libertad, haciendo lo que quiero por primera vez en 15 años, sin la presión de mis compañeras y sintiéndome una persona llena, única.
Entonces resbalo y caigo al suelo. Me hago daño, claro, pero me da igual. Me he liberado de las cadenas que me retenían el orfanato, y de todas las personas que me despreciaban. Y río para celebrar mi éxito. Nunca lo había hecho, y me sorprendo al descubrir que es muy relajante y que me llena de esperanza. Cierro los ojos y deseo que en mi nueva etapa de mi vida haya muchas carcajadas.