
Acaricio la máscara con cuidado. Esta igual que siempre. Tiene unos ojos alegres, una sonrisa de medio lado y las mejillas algo sonrosadas. Cada vez que me la pongo, me evado de mis problemas. Cuando me la quito, vuelvo a la realidad. Y cada vez me acostumbro más a ella. La uso demasiado. Quitármela duele. Tengo la cara llena de cicatrices de arrancármela. Los bordes empiezan a estar desgastados, de la cantidad de detergente que uso para que siempre este apunto. Muchas veces me he planteado tirarla, no volver a usarla. Pero estoy aterrorizada. No, no soy valiente, jamás lo he sido. Prefiero ocultarme detrás de este antifaz a mostrarme. Ocultar las lágrimas detrás de una máscara es un alivio para los que deben ser fuertes.
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