Cuando lo consigo, la cierro de un portazo y suelto sobre el sofá todos los
objetos que llevaba encima. Me quito la camiseta por el pasillo, y me planto
delante del espejo baño. No puedo evitar reprimir una exclamación ahogada. No
puede ser verdad. No, no, no. Creía que solo existan en cuentos.
Paso la mano por encima de ellas, y veo que son duras como el diamante, de
color plateado. Agarro el lavabo hasta
que los nudillos se me ponen blancos, sin apartar la mirada de mí mismo. Es…
imposible. Seguramente, si las llevara otra persona, las encontraría
especiales, incluso bellas. Pero siendo yo el portador no puedo evitar
despreciarme. Me miro, y mi cara se transforma en una mueca de asco.
Me mojo la mano con agua y deslizo el líquido por la superficie, en un
último intento de hacerlas desaparecer, borrarlas como si fueran pintura. No da
resultado. La repelen, así que la siento ni fría ni caliente. La sensación me
abruma, y me mareo. La franja se me expande por la cintura, y una parte del
costado derecho.
De pronto, empieza el dolor de nuevo. Es como si me quemaran la piel.
Observo atentamente como surge otra de la nada, está al lado del ombligo. Me
pongo la camiseta, ocultando las escamas. Recojo la mochila y salgo a la calle.
Se a donde tengo que ir, y ahora no hay vuelta atrás.

