Kew corría
por el pasillo, angustiado. Sabía que se estaba jugando
la vida, adentrandose en aquel lugar. Pero eso le daba igual, en aquel momento
le motivaban más las ganas de resolver
el misterio que lo que le atemorizaba la muerte. Entonces, una cálida
sensación le recorrió
la espalda. No le hacia falta girar la cabeza para saber que era la mano de su
amada, Lien, que era tan aventurera como él.
Aún
así,
lo hizo lo suficiente para poder verla, corriendo a su lado. Tenía
la cara bronceada por el Sol del desierto y su pelo largo y castaño
le azotaba en la cara, aunque ella parecía no darse cuenta. Estas eran solo
algunas de sus características con las que, años
atrás,
había
cautivado el corazón a Kew. Ahora, aunque él
seguía
siendo joven, en su cabeza había nevado, tiñendo
su cabello de color blanco y congelando su seriedad, la cual, poco a poco, fue
desapareciendo.
Lien, al ver que su pareja acerelaba
en ritmo, le imitó. Pese a que confiaba
plenamente en él, se giró
para intentar coopsar todos los detalles de aquello que les perseguía.
De esta forma, después podría
escribirlo en su diario con mayor cantidad de detalles. Pero, enseguida se
arrepintió de haberlo hecho. Una gran roca se
abalanzaba sobre ellos. Sintió un escalofrío
al pensar que podía sucederles si la
piedra les llegaba, siquiera, a rozar. Así
que deseó, con todas sus fuerzas, que la
adrenalina le corriera por las venas, para alcanzar la velocidad necesaria,
ponerse a salvo, y después, reprender la
aventura. Aún que estaban en una situación
de riesgo, no pudo evitar pensar, que no envidiaba, ni siquiera un micrómetro,
a otras embarazadas que estaban sentadas en sus sofás,
esperando, quizás, a que sus criaturas
les dieran alguna señal de vida.Ella lo estaba pasando
mejor, mucho mejor.
Entonces, sintió
que los ojos de Ken buscaban los suyos. Cruzaron una mirada rápida,
que despertó muchos sentimientos en todo su ser.
Pero no, no tenía tiempo para eso.
Apretaron sus manos e izieron, a duras penas, un esprint final. Cuándo
se plantaron delante de la puerta que les conducía
a la siguiente prueba, quién sabe si la última,
Kew, sin dudarlo, la abrió de un fuerte patadón.
Pero lo que encontaron allí,
en la siguiente habitación, les sorprendió
muchísimo.
Cruzaron otra mirada, fugaz, pero en los ojos de ambos había
un brillo especial que antes era invisible: una pequeña
chispa de ilusión.
