Caminaba por la calle con un paso tranquilo. La mochila me pesaba mucho, debido a la cantidad de asignaturas que tuve que el día. Estaba nerviosa, no lo negaré. Solo faltan un par de días para que el viaje. Aún no le había propuesto a mi madre la idea, esperaba que no la descartara rápidamente, y que escuchara mis argumentos.

Quería ir en tren, principalmente, porque me sabía mal movilizar a mis padres para mis propios intereses. Claro, eso nunca lo admitiría delante suyo, mi orgullo no me lo permitiría. Además, es barato y cómo, y quería hacer las cosas por mí misma, sin tener que depender de nadie. Tenía 14 años y me creía capaz de todo. Los paisajes que vería durante el trayecto serían alucinantes, y es muy seguro. El mejor era que no contamina mucho, y para mi madre, que estaba inscrita en todas las protectoras de la zona y hacía voluntariado siempre que podía, era muy importante.
Por otra banda, tendría que ser muy puntual y intentar cuadrar los horarios, ya que algunos tenían muy poca frecuencia... Además, no solían ser muy veloces los de bajo coste... ¿ Y si me sentaba al lado de alguien, el aspecto, o que hacía ruido constantemente? Al ver demasiadas preocupaciones, perdí el hilo de mis pensamientos antes de descartar a la idea.
Cuando me levante la cabeza para ver por dónde iba, el aire me clavo una bofetada. No sabía dónde estaba, o como había llegado allí. Estaba muy desorientada. Una lágrima de impotencia me resbala por la mejilla. Si no era capaz de llegar a mi casa, ¿cómo me dejarían coger un tren?
En conclusión, coger un tren es mejor cuando uno es más mayor y es más... No mee di cuenta de que hablaba sola y en voz alta hasta qué un joven de mi edad se paró delante mío. Me miró, con unos ojos verdes hipnotizantes, y me tendió una mano para ayudarme. No sabía cómo había acabado en el suelo, pero se la cogí.
Y así nos conocimos. Algunos invitados lloran, mientras todos nos dan la enhorabuena por el compromiso. Y aquí comienza el viaje de mi vida, que sea en tren, coche o avión, será único.