lunes, 6 de junio de 2016

Querida abuela

No sé cómo lo hacías, pero siempre llevabas una sonrisa en la cara.
Una sincera, de esas que te llegan al corazón, y cuando me la mostrabas, dos hoyuelos se te dibujaban en la cara, dándote un aspecto infantil. 
Se notaba que la vida había pasado por ti: las arrugas, la la pierna con la que coge hagas, por las manchas del mismo delantal, que llevabas cuando mamá era pequeña. Pero tú también marcaste la historia: fuiste madre, hija y nieta, pero sobretodo, una luchadora. Tu vida no fue fácil, pero tú te esforzaste al máximo, intentando dando lo mejor de ti.
Y lo conseguiste.
Yo no entendía porque siempre llevabas el mismo bastón. Porqué bajabas al huerto, si tenías un supermercado cinco minutos de casa. Porqué llamabas en lugar de usar las aplicaciones de tu móvil de última generación. Y es curioso como para tantas preguntas, haya una misma respuesta.
Abuela, tú eres el vínculo que nos unía. Y ahora, más que nunca, tenemos que ser piezas de un mismo rompecabezas. No necesitabas los objetos más modernos, porque tu, eras novedad. Todas las sonrisas y palabras eran exclusivas,  todos los consejos y abrazados eran innovadoras.
Gracias por hacerme crecer. Y por enseñarme que la novedad vive en nuestro interior. Que solo tenemos que ser suficientemente valientes para descubrirla. Estés donde estés, no olvides que te quiero.
Con afecto,
Tu nieta.
Me seco una lágrima y el conjunto de personas que me rodea, vestidas de negro, me aplaude.

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